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Resumen argumental

Aida (1871), obra de madurez de Giuseppe Verdi, situada en el mundo de los grandes faraones del antiguo Egipto –escrita por encargo del jedive de este país y estrenada en El Cairo–, es probablemente la ópera más popular de la lírica italiana. La célebre acogida triunfal de los gue-rreros al son de las trompetaes del segundo acto, «Gloria all’Egitto», o la conocidísima aria de tenor «Celeste Aida, forma divina» del primer acto son referentes inequívocos, para bien y para mal, del mundo de la ópera.

Pero a pesar de su carácter próximo a la grand opé-ra francesa, con escenas llenas de pompa y esplendor y gran despliegue orquestal y coral, el drama esencial –el amor de los protagonistas sacrificado a los intereses del poder– tiene un refinado tratamiento intimista y los dos planos –individual y colectivo– no se integran sino que se superponen en una ópera brillante y emotiva a la vez.
El argumento trata de los trágicos amores del guerrero egipcio Radamès y la esclava etíope Aida, prisionera al servicio de la princesa egipcia Amneris, la cual ama tam-bién al guerrero. El ejército etíope invade Egipto y el rey, siguiendo las órdenes de Isis formuladas por la poderosa casta sacerdotal, nombra a Radamès capitán de los ejér-citos. Aida es en realidad hija del caudillo y rey etíope  Amonasro, que se encuentra entre los prisioneros resultantes de la gran victoria de Radamès. El rey concede al gue-rrero la mano de su hija Amneris, ante la dsesesperación de los dos enamorados. En una entrevista secreta entre Aida y Radamès, ésta, presionada por su padre, consigue que el guerrero le revele –sin ser consciente de que los escuchan– los planes militares egipcios. Sin embargo, el complot fracasa y Radamès es juzgado y condenado por los sacerdotes, a pesar de la intervención de Amneris, a ser enterrado vivo. Aida consigue introducirse en la cámara mortuoria y los amantes mueren juntos con serenidad y firmeza. Además de los mencionados fragmentos musica-les, son momentos espléndidos, esperados por el público, las arias de Aida «Ritorna vincitor!» y la nostálgica «Oh patria mia, mai più, mai più ti rivedrò!», los dúos de amor entre los dos protagonistas, las intervenciones de la ator-mentada Amneris o los coros sacerdotales.
Uno de los grandes atractivos de esta producción que el Liceu ha recuperado en los últimos años es la esceno-grafía de Josep Mestres Cabanes, estrenada en 1945, que el escenógrafo consideraba el modelo de su concepto de «ángulo maestro» en su Tratado de perspectiva publica-do en 1964, de un ilusionismo casi mágico, obtenido por medio de las técnicas más depuradas de la perspectiva, de los interiores de templos y palacios y del paisaje egipcio.

«Si vas al país de la eternidad, te acompaño. /  Tengo miedo de que mi esposo me mate. / ¿Hubo alguien que hiciera algo semejante cuando reinaba? / He venido por amor a ti. / Liberas mi cuerpo de tu amor»
Fragmento de un papiro del metropolitan museum de nueva York
Les chants d’amour de l’Égypte ancienne de Schott

Aida, ópera en cuatro actos, obra de madurez de Giu-seppe Verdi, se estrenó el 24 de diciembre de 1871 en la Ópera de El Cairo. Fue escrita por encargo del jedive de Egipto Ismail Bajá, uno de los dirigentes del Egipto moderno, que había inaugurado este teatro de ópera en 1869 –año de obertura del canal de Suez– con Rigoletto. La idea argumental es del egiptólogo fran-cés Auguste Mariette, transcrita por Camille du Locle (libretista de Don Carlos); el libreto italiano definitivo es obra de Antonio Ghislanzoni. A pesar de su carácter próximo a la grand opéra francesa, con escenas lle-nas de pompa y esplendor y gran despliegue orquestal y coral, el drama esencial –el sacrificio del amor de los protagonistas por los intereses del poder– tiene un refinado tratamiento intimista y los dos planos –indivi-dual y colectivo– no se integran sino que se superponen en una ópera a la vez brillante y emotiva. Estrenada en Barcelona en 1876 en el Teatre Principal, al año siguiente fue llevada al Liceu, donde había de conver-tirse en el título más representado de su historia. La acción se sitúa en Menfis y en Tebas, en la época de los grandes faraones, en el antiguo Egipto.

Acto I
En el palacio real, el sumo sacerdote Ramfis advierte al joven y valiente guerrero Radamès que los etíopes están a punto de invadir Egipto y que la diosa Isis ha designado ya al capitán de los ejércitos que han de defender el país. Radamès queda solo y en la célebre aria «Celeste Aida» nos comunica su afán de gloria y el amor que siente por Aida, esclava etíope al servicio de la hija del rey, Amneris. Entra ésta, enamorada a su vez de Radamès, e intuye los sentimien-tos que el guerrero abriga hacia la esclava, pero disimula sus celos y se muestra generosa con Aida cuando ésta entra. Los tres personajes cantan sus preocupaciones. El rey –rodeado de guardias, ministros, sacerdotes, etc.– anuncia la invasión y proclama a Radamès capitán de las fuerzas egipcias. Un mensajero anuncia que las tropas etíopes, dirigidas por Amo-nasro, avanzan sobre Tebas. Aida nos revela que Amonasro es su padre y después de un inflamado himno guerrero can-ta su angustia a causa del amor inconciliable que siente por Radamès y por su patria.
En el interior del templo de Fthá se celebran las ceremonias propiciatorias para que los dioses ayuden a los egipcios, con la consagración de la espada y la investidura de Radamès en una brillante escena con danzas y coros.

«En las columnas de piedra de los templos,la naturaleza perecedera de las plantas habíasido vencida,pero se había conservado el auténticosignificado de ellas. Esas columnas llevaban elpaisaje religioso al lugar del templo,intensificado el efecto su disposición en masa.Pues el templo, en Egipto, era el lugar de poder»
Henri Frankfort
La religión del antiguo Egipto

«La noción de “casta” no parece haber existido en Egipto y, con excepción de la sirvienta-esclava, a la mujer se le reconocían todas las prerrogativas de que gozaba el hombre»
Christiane Desroches Noblecourt
La mujer en tiempos de los faraones

«El poder del rey, aunque absoluto, no era arbitrario. El faraón era el campeón de la justicia, Maat. De hecho, el rey era la fuente de justicia en tanto que fuente de toda autoridad; es muy significativo que no dispongamos de ninguna prueba indiscutible de la existencia de una ley codificada»
Henri Frankfort
La religión del antiguo Egipto

Acto II
En las estancias de Amneris, las esclavas cantan la vic-toria de Radamès y los esclavos bailan. Llega Aida y Amneris consigue poner en evidencia los sentimientos amorosos hacia el héroe que siente la esclava etíope dándole la falsa noticia de que Radamès ha muerto en la batalla. La insulta y amenaza con crueldad y Aida se somete sin confesar, no obstante, su linaje principesco.
La acogida triunfal de los guerreros vencedores a las puertas de Tebas al son de las trompetas es el momento más famoso de la ópera. Los coros entonan el «Gloria all’Egitto», el rey preside el desfile y recibe de Amneris la corona de laurel que ciñe a Radamès mientras le promete todo lo que pida. Llegan los prisioneros etíopes y Aida reconoce a su padre Amonasro entre ellos, pero éste le ordena que no revele su condición de rey de los etíopes. Radamès, conmovido por la tristeza de Aida, se suma a las súplicas de clemencia hacia los etíopes que pide el pueblo. El rey le concede la libertad de los prisioneros con la condición de que Amonasro y Aida queden como rehenes, y le da a Amneris por esposa. En el concertante final se expresan las contrapuestas emociones de los protagonistas.

«¿A quién hablaré hoy? / Los rostros están desconcer-tados. / Cada hombre aparta el rostro de sus her manos. / ¿A quién hablaré hoy? / Los corazones son codi ciosos. / No hay un corazón en que se pueda confiar. / ¿A quién hablaré hoy? / No hay nadie justo. / El país ha sido aban donado a los malhechores»
Poemas del Diálogo del Desesperado
(Imperio Medio)

«La dualidad manifestada en las diosas también se reflejaba en la visión egipcia de la naturaleza humana, en donde se consideraba a las mujeres como poseedoras de un lado bueno y otro malo. Eran honorables si se conformaban con los modelos aceptados por la sociedad, pero siempre existía el peligro de que pudiesen transgredir las reglas, en cuyo caso eran perversas y dignas de reprobación»
Gay Robins
Las mujeres en el antiguo Egipto

«Te concedo el valor y la victoria sobre todos los países; instalo tu poder y el temor a ti en todas las tierras, el respeto a ti hasta el límite de los cuatro pilares del cielo. Magnifico la reverencia a ti en todas las gentes. Difundo el grito de guerra de tu majestad entre los Nueve Arcos, reunidos los principales de todos los países como botín tuyo. He extendido mis propias manos y los he atado para ti. He amarrado conjuntamente por decenas de millar y por millares a los nubios, y a los septentrionales por centenas de millar, como cautivos»
Estela de Tutmosis III

«Una generación pasa; / otra permanece,  desde el tiempo de los antepasados. /  Los dioses que existieron antes / que reposan  en sus pirámides, / los nobles glorificados que igualmente / fueron enterrados en sus pirámides, / los que construyeron los templos, / sus lugares (ya) no existen / ¿qué se ha hecho de ellos?»
Cantos de arpista de la tumba de Intef

Acto III
Amneris y el sumo sacerdote Ramfis llegan al templo de Isis para pedir la protección de la diosa para el nuevo matrimonio. Entra después Aida para encontrarse secretamente con Radamès y canta una bellísima romanza, llena de nostalgia de su país, que sabe que no verá nunca más. La aparición inesperada de Amonasro inicia un tenso dúo entre padre e hija en el que éste obtiene –coaccionándola con argu-mentos emotivos y patrióticos– que Aida acceda a sonsacar a Radamès la ruta por la cual el ejército egipcio invadirá Etiopía. Se esconde y presencia el encuentro de Radamès y Aida, en el que ésta lo convence –en un apasionado dúo amoroso– de huir juntos y el guerrero le revela los planes militares. Sale Amonasro exultante por la información que Radamès ha dado involuntariamente y éste se siente profundamente deshonrado. Amonasro intenta apuñalar a Amneris cuando ésta sale del templo y Radamès lo evita, a la vez que facilita la huida de padre e hija y se entrega a la guardia real.

«Guárdate de la mujer extranjera que nadie conoce en su ciudad. / No la mires cuando sigue a su compañero. / No te unas a ella. / Es agua profunda cuyas orillas nadie conoce. / Una mujer lejos de su marido, / que te dice todos los días: “Yo soy bonita”, sin testigos, / es que está al acecho y caza con la red. / Es crimen merecedor de muerte cuando se sabe»
Aleccionamiento de Anii

«El egipcio veía sus malas acciones no como pecados, sino como aberraciones. Le acarrea rían desgracias porque perturbaban su integración armónica al mundo existente»
Henri Frankfort
La religión del antiguo Egipto

Acto IV
En una sala del palacio, Amneris se desespera ante el inminente juicio que ha de sufrir Radamès, que sabe que es inocente a pesar de las apariencias. Lo hace llamar y le ofrece obtener su perdón si renuncia a su amor por Aida, pero el guerrero, en una escena llena de fuerza y dignidad, prefiere la muerte antes que traicionar a su amada. Amneris oye horrori zada la cruel sentencia de los sacerdotes –Radamès será enterra do en vida– que tiene lugar en una sala próxima y los maldice.
El escenario tiene dos planos: una sala del templo de Fthá y la cripta donde Radamès está enterrado en vida. El guerrero se lamenta de que ya no verá nunca jamás a su amada, pero Aida ha conseguido introducirse secretamente para acompañarlo en la muerte. Radamès queda emocionado por su sacrificio y el dúo de los dos amantes se convierte en canto resignado y sereno, mientras Amneris, desde el plano superior, implora a Isis la paz eterna, acompañada por los cantos de los sacerdotes.

«Los egipcios negaban la realidad de la muerte, aunque estaban siempre preocupados por ella, dedicando gran parte de lo que poseían  a la preparación  de este suceso»
Henri Frankfort
La religión del antiguo Egipto

«Deseamos reposar juntos, / Dios no puede separarnos. / Tan cierto como lo que dices, yo no te abandonaré / antes que de mí te hayas cansado. / No queremos más que estar sentados, cada día, en paz, / sin que ningún mal acontezca. / Juntos iremos al país de la Eternidad, / para que nuestros nombres no sean olvidados. / Qué bello será el momento, / cuando veamos la luz del Sol, / eternamente como Señores de la Necrópolis»
Poema de amor del papiro Chester Beatty I

«Los egipcios captaban el universo como esencialmente estático. Con ello no se negaba la existencia del movimiento y del cambio; pero el cambio, en la medida en que tenía un sentido, era la repetición del cambio, el ritmo vital de un universo que había salido, completo e inmutable, de las manos de su creador»
Henri Frankfort
La religión del antiguo Egipto